J U A N   E M A R

 

V I V E   Y   S E   R E N U E V A

p o r   M i g u e l   M o r e n o   D u h a m e l


 

 

 

 

 

Veinte años antes de que Juan Rulfo y Gabriel García Márquez nos invitaran a adentrarnos respectivamente en el mítico universo de Comala y Macondo, el vanguardista escritor y pintor chileno Juan Emar, nos llevaba de la mano por las calles de San Agustín de Tango, ciudad de 821.697 habitantes, junto al río Santa Bárbara, a 32 grados de latitud Sur y 2 de longitud Oeste.  Sus calles llevan por nombre “El señor es contigo”; “Corderito Pascual” o “La Tierra”.  El sitio de reunión alcohólica más concurrido es la famosa Taberna de los Descalzos y para los espíritus bohemios y de ideas avanzadas, está el Club Cero, que es el centro marxista de la ciudad. San Agustín de Tango se presentó en 1935 con la novela Ayer.  Durante sus primeras 20 páginas iniciales, escritas de forma amena y vertiginosa, nos muestra el caso de Rudecindo Malleco, afortunado ciudadano preso de la lujuria que siente por su esposa, a la que siempre le fue fiel; sin embargo, ese loco afán que demostraba en cualquier vera del camino con una sonrisa inundándole el rostro y una mirada que a todas luces denunciaba sus calenturas, fue la causa de la envidia de la mitad de población de San Agustín de Tango y de sus poderes eclesiásticos, que poseían una policía independiente del mundo secular, una cárcel católica, un juicio religioso y la capacidad de mandatar la pena de muerte, el máximo suplicio.  Rudecindo Malleco es condenado a ser ejecutado en la guillotina.  La hoja asesina le parte la cabeza por la mitad, pero su cuerpo sigue vivo, tratando de agarrarse a combos y patadas con el verdugo, un hombrón que apenas le da importancia al ejecutado.  Hasta existe un mapa de San Agustín de Tango, dibujado por la entonces esposa de Juan Emar, Gabriela Emar.

 

Juan Emar es el seudónimo de Álvaro Yáñez Bianchi (1893 – 1964), hijo del periodista y abogado liberal, Eliodoro Yáñez Ponce de León, quien fue el fundador del diario La Nación, periódico expropiado por la dictadura del General Carlos Ibáñez del Campo y que nunca pudo recuperar.  Claro está que la acomodada posición socio económica de su familia, le permitió al joven Álvaro desarrollar sus afinidades culturales y artísticas con tranquilidad.  Se casó a los 25 años con su joven prima Herminia Yáñez, a quien todos llamaban Mina.  En 1919 viaja con su mujer a Europa, específicamente a Francia, instalándose en París, epicentro de todos los movimientos de vanguardia que cambiarían la forma del arte del siglo XX.  Desde entonces comenzó un ir y venir entre el viejo mundo y su patria natal, situación que se mantuvo por el resto de su vida.

 

Ingresa a las clases de pintura y dibujo en la Academia de la Grande Chaumiére, en Montparnasse.  Se rodea de toda la fauna bohemia de ese entonces, junto a su amigo de andanzas, el poeta Vicente Huidobro.

 


 

 

 

 


 

Ya en parís, como muestra de la genialidad que lo caracterizaba, crea su seudónimo a partir de un juego de palabras. Álvaro Yáñez necesitaba estar en constante movimiento creativo, por lo mismo alegaba estar siempre aburrido, cansado de todo.   La expresión francesa “J’en ai marre” significa justamente “estoy harto”.  El artista metamorfoseó esta frase y la transformó en Jean (J’en) Emar (ai marre), que después castellanizó transformándose en Juan Emar, su personalidad literaria definitiva con la que firmó toda su obra, ya sea cuentos, novelas, artículo o ensayos.  Sin embargo, siempre signó su abundante trabajo pictórico como Yáñez.

 

A su vuelta a Santiago, comenzó a publicar como Juan Emar sus Notas de Arte en el diario La Nación.  Llegó a publicar en ese medio un anticipo de Altazor de su amigo Vicente Huidobro, traducido del francés por el mismo Emar.  En 1927 se separa de su mujer.  Por otro lado, su padre, Eliodoro Yañez, se ve obligado a vender La Nación al gobierno del General Ibañez, que lo transforma en una plataforma de propaganda gubernamental.  Eliodoro Yañez debe salir deportado hacia Europa.

 

Por esa época es donde comienza una de las más interesantes historias de vida y amor dentro del vasto mundo literario chileno.  Juan Emar conoce a Álice la Martiniére, modelo de alta costura y muy asidua a los círculos de intelectuales vanguardistas en Francia.  Con el tiempo ella será su amiga, musa, amante y mecenas.  Él la llama Pépéche y será la mujer que más tiempo anidará en el alma del artista.  Nunca pudieron formalizar un matrimonio, aunque lo intentaron en 1927, ya que Álice era la esposa de un soldado desaparecido en acción por lo que no pudo divorciarse.  Tenía un hijo, Jean Marc, a quien, con  el tiempo, Juan Emar reconocería como propio.

 

Emar se casa por segunda vez en 1929, con Gabriela Rivadeneira, 17 años menor que él y cuñada del escritor Eduardo Barrios.  Entre Barrios y Emar se cultivó una amistad de gran cercanía, incluso fueron vecinos y consuegros al casarse la hija mayor de  Barrios –Carmen- con Eliodoro, el hijo mayor de Juan.

 

Con el derrocamiento del general Ibáñez, vuelve al país don Eliodoro Yáñez  junto a su familia, pero retorna abatido de salud.  Muere a un año del regreso en 1932.  Tres años después, en 1935, Juan Emar publica las novelas Miltin 1934; Un año y Ayer con ilustraciones de su mujer quien firma como Gabriela Emar.  En esta última novela es donde el universo de Emar nos entrega los acontecimientos en San Agustín de Tango, un lugar cuyo poder literario debería bastar para existir en la realidad.  En 1937, publica el libro Diez, obra que contiene el mismo número de relatos: cuatro animales, tres mujeres, dos sitios y un vicio.  Una prosa que atrapa.  Hay que detenerse en el cuento El unicornio, simplemente una historia magnífica que comienza así: Desiderio Longotoma es el hombre más distraído de esta ciudad.  Se vio obligado a enviar a todos los periódicos el siguiente aviso: “Ayer, entre las 4 y 5 de la tarde, en el sector comprendido al N. por la calle de los Perales, al S. por el Tajamar, al E. por la calle del Rey y al O. por la del Macetero Blanco, perdí mis mejores ideas y mis más puras intenciones, es decir, mi personalidad de hombre.  Daré magnífica gratificación a quien la encuentre y la traiga a mi domicilio, calle de la Nevada, 101”.  El resto del relato no decae, por el contrario es un festín creativo que es un placer leerlo.  En el prólogo de la primera edición, realizada por ediciones Ercilla, se puede leer: “Wilhelm Mann, en su excelente panorama literario de Chile, inserto en “Chile luchando por nuevas formas de vida”: También ocupa, dentro de la literatura excéntrica, un sitio aparte Juan Emar.  En sus libros inteligentes y amenos asistimos al fuego artificial de fenómenos maravillosos que son grávidos de significación simbólica y de tendencia satírica”.  Luego de Diez, Emar deja de publicar voluntariamente, aunque sigue escribiendo y pintando.  Seguramente en su cabeza estaba desarrollándose su más extensa e inacabable obra literaria, esa que lo mantendría ocupado por miles de páginas mecanografiadas para la posteridad.

 

 

 


 

 

De pie Juan Emar y Pépéche

 

 


 

 

En  1938, de manera muy acertada, vuelve a Chile en la víspera de la Segunda Guerra Mundial.  Se queda por un gran tiempo en el país.  Termina su segundo matrimonio.  En 1948, Pépéche viaja a Chile junto a su hijo Jean Marc, quizás para tratar de  estar junto a la persona que más ha amado.  Emar la ha nombrado la guardiana de su obra pictórica.  Ella le compra sus cuadros a un precio justo, nunca se aprovechó del artista.  En 1950, le consigue los salones de la Universidad de Chile para hacer su primera exposición en el país, una muestra que sólo se mantiene por tres días.  Da la certeza de que la producción de Juan Emar está condenada a no ser reconocida en su época, en un país donde si no eras capaz de identificar las formas en la pintura, lo expuesto se acercaba más al mamarracho que al arte.

 

En 1953, regresa con Pépéche a Europa y se instalan en Cannes.  Ella es la depositaria de su obra visual.  Incluso, Juan Emar, quien estaba en un estado de constante aburrimiento, le entregaba las pinturas sin terminar y ella les aplicaba una capa de barniz sellador.  Otras veces se las daba sin firma, argumentando que ella lo conocía mejor que nadie, así que Álice, firmaba por él.  Fueron cientos de cuadros y dibujos los que se fueron acumulando en la casa del sur de Francia.  En 1957, Juan Emar vuelve solo a Chile y se radica en Vilcún, en la hacienda Quintrilpe administrada por su hijo.  Allí continúa pintando y enviando sus cuadros al cuidado de su eterna musa francesa.  También se sumerge febrilmente en la consecución de su obra magna, “Umbral”, en texto inconcluso de 5.000 páginas escritas a máquina, cada una de ellas, copiada al calco.  Juan Emar tenía conciencia de que esa era su marca postrera y para el futuro, tan así que guardaba copias en distintos lugares para no correr el riesgo de perderla por accidente.  Juan Emar muere el 8 de Abril de 1964 a los 70 años, siempre fue un excéntrico, un artista incomprendido que está siendo ahora valorado por generaciones que ni siquiera nacían al momento de su muerte. Su obra vive y se renueva: En 1977 se publica el Primer Pilar de Umbral: “El globo de cristal”, con prólogo de Braulio Arenas.  En 1996, la Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos, publica la versión completa de Umbral, más de cuatro mil páginas impresas.  Después, en 2004, la Fundación Juan Emar dona al Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional importantes obras inéditas del autor.

 

Pero aún hay que constatar como la resistencia de los materiales y la porfía de sus albaceas han permitido tener acceso a la obra visual de Emar.  A mediados de la década de 1990, poco antes de morir, Álice de la Martiniére, le entrega el cuidado de los dibujos y pinturas que tanto atesoraba a Alejandro Canseco-Jerez, estudioso chileno de la obra de Emar que había estado casado con la nieta de este, Magdalena Yáñez, con la condición de cuidar y difundir la obra.  Sin embargo, Jean Marc, hijo de Pépéche, que vivía a la sazón en Australia, impugnó el testamento y se inició un juicio que se prolongó por 17 años, durante los cuales los cuadros de Emar quedaron abandonados al interior de una casa a la que no se podía tener acceso.  Con el tiempo, la justicia gala falló en favor de Canseco-Jerez y ese gran tesoro escondido pudo ser apreciado en distintos países.  Parte de la obra de Juan Emar cuyo patrimonio comprende más de 2.000 piezas, fue donada a la Universidad de Poitiers.

 

Una obra que se mueve a escondidas por los callejones del arte para encontrarse con un desconocido, tal como aparece en parte de Umbral, esa historia inconclusa:

 

“Por ella caminé, presuroso. ¿Por qué?  No lo sé, pero el caso es que iba a cuanto mis trancos me daban. Pasaba bajo la luz de un farol y luego me sumergía en las nuevas tinieblas...hasta ser alcanzado por una nueva luz. Tinieblas, luz; tinieblas, luz. Así avanzaba yo por esa callejuela. Hasta que una voz se dejó escuchar a mi lado. Decía esta voz:


-¡U-uuuy! ¡U-uuuy!
Respondí sin siquiera volverme hacia ella:
- ¡No soy don Irineo Pidinco! ¡Las Guaxas nada pueden en contra mía! ¡Estoy en San Agustín de Tango! ¡No estoy en ese bosque de Guayacán!

La voz entonces repitió:
- ¡U-uuuy! ¡U-u-u-uuuy!
Me detuve y me volví. Grité con voz estentórea:
- ¿Quién vive?
Un sujeto avanzó con lentitud hasta mi lado. Se inclinó con toda cortesía y me dijo:
- Soy Juan Emar”.